ENTRE EL CIRCO Y LA DIFUSIÓN. EL PAPEL SOCIAL DEL CONOCIMIENTO ARQUEOLÓGICO EN LAS INDUSTRIAS CULTURALES

Principales industrias culturales

Orlando Casares Contreras, Centro INAH-Yucatán

LA CULTURA COMO INDUSTRIA DEL ENTRETENIMIENTO

Cuando hablamos de cultura aludiendo a los conceptos de organización, industria, producto, gestión, etc. no hacemos referencia únicamente a objetos que sean manufacturados sino a las actitudes, pensamientos y patrones de conducta socialmente transmitidas. Todo englobado en un proceso que cambia constantemente, crea vínculos con la identidad (o identidades) de un grupo y cuyo dinamismo le permite adaptarse a los tiempos en los que se desarrolla (Cottom 2001: 81).
El tema de las industrias culturales ya había sido abordado por sociólogos de la Escuela de Frankfurt en la década de los cuarenta del siglo pasado, partiendo de las ideas de Theodor Adorno y Max Horkheimer (1988) y cuya discusión sigue en pie en nuestros tiempos. En éstas primeras ideas, se definieron conceptos que formarían parte de las industrias culturales, entendiéndose a nivel general que ésta, es una parte de las economías capitalistas que buscan producir bienes culturales de forma masiva, creando una necesidad en los tiempos de ocio y lúdicos, de consumir dichos bienes (consumo cultural). Entre las primeras industrias culturales que fueron definidas se encontraba el cine, la literatura, la música (discos), la comunicación de masas (radio y televisión), la publicidad y las artesanías. (Adorno 1969 y 1998: 49).
Partiendo de ésta descripción general, se propuso que de las industrias culturales, sus productos son distinguibles de un bien de consumo, pues a diferencia de éstos últimos que son finitos, el producto cultural no se limita a pocas personas y su desgaste no es físico ni inmediato, sino que tiene mayor perdurabilidad en comparación con otros productos comerciales (Romero 2014: 13).
Entre aquellos primeros críticos, veían a ésta definición muy limitada y poco conectada con los nuevos valores sociales que se comenzaban a gestar en los períodos de postguerra y consecuentes. Una de ellas, hacía alusión a la democratización de espacios y conocimientos reservados para las élites o ciertos sectores sociales muy especializados (Mato 2007: 142 – 147). Movimientos derivados de grupos que comenzaron a considerarse como arte partieron de la danza (en todas sus manifestaciones), el teatro, la música (en escena), la arquitectura, los museos y principalmente el turismo.
Esto generó que, todo aquella expresión que sea susceptible de ser disfrutada con fines comerciales de entretenimiento, especialmente en los momentos libres y tiempos lúdicos, es por definición un producto cultural y por lo tanto, pueden ser consumidos por la población de forma masiva. Esto permitió ir incursionando a otras esferas como parte de las actividades económicas en ser explotadas a partir de las experiencias de disfrute de quienes participan en su consumo (Casares 2015: 110 – 112). Y es justamente con el término “cultural” que deja una ambigüedad deliberadamente arbitraría que permite incorporar y convertir libremente a una bien o un servicio de disfrute en un bien cultural o a una actividad futura, en parte de las industrias culturales.
En este sentido, una aproximación importante al fenómeno de industrias, consumo, bienes y productos culturales, es proporcionado por Néstor García Canclini, comenzando por su definición de consumo cultural como el conjunto de procesos de apropiación y uso de productos en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y cambio, o donde al menos éstos últimos se configuran subordinados a la dimensión simbólica (García 1993: 34). De igual forma, ésta definición aporta elementos importantes al análisis pero también deja de lado otros.
Entre sus críticos, señalan que es tautológica, no sólo por la misma naturaleza de la cultura sino por no considerar que todo acto de consumo, es en sí un hecho cultural (Ortega 2009). Tampoco deja claro el punto desde el cual, el valor simbólico prevalece sobre sus valores de uso y cambio, así como a quién o quiénes les corresponde determinar ese predominio (Ortega 2005). Posteriormente añadió a su definición anterior, como el conjunto de actividades de producción, comercialización y comunicación en gran escala de mensajes y bienes culturales que favorecen la difusión masiva, nacional e internacional, de la información y el entretenimiento, y el acceso creciente de las mayorías (García 2002).
En el mar de versiones y debates en torno a los conceptos, términos y alcances de las industrias culturales, se estableció una convención en el año 2005 sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de la UNESCO, y en sus posteriores modificaciones en el año 2009, quedo declarado que el término de Industria Cultural quedaría de la siguiente manera:
“Aquellos sectores de actividad organizada que tienen como objeto principal la producción o la reproducción, la promoción, la difusión y/o la comercialización de bienes, servicios y actividades de contenido cultural, artístico o patrimonial” (UNESCO 2013).

Principales industrias culturales
Principales industrias culturales

Entre los cuestionamientos que siguen surgiendo, radican aquellos en los que no se esclarece quiénes son los que se beneficiarán con el auge de las mismas industrias culturales y sus lineamientos. Esto es importante delimitarlo o generar una amplia discusión en torno los señalamientos anteriormente expuestos, ya que la incorporación de los derechos de autor o propiedades intelectuales de los bienes y servicios culturales pueden ir modificando aspectos de las culturas aludidas sin su propio consentimiento y peor aún, ser despojados sistemáticamente de los elementos culturales que los distinguen.
Es en éste punto, donde cobra más importancia la inclusión de las disciplinas científicas, especialmente de las ciencias antropológicas. Si bien esta inclusión ya estaba prevista como parte del trinomio que compone hoy en día a las industrias culturales (como las define la UNESCO), siendo parte de la economía cultural, la economía creativa y la economía del conocimiento que es donde se aloja. Esta importancia de las ciencias antropológicas no radica en su capacidad de crear contenidos comerciales, sino en su papel social para balancear las fuerzas económicas que tienden a crear monopolios y despojar a amplios sectores de los principales beneficios, especialmente los económicos.
En el panorama internacional, las industrias culturales generan un 3.5% del producto interno bruto, quedando de la siguiente manera: Europa 4.6%, Asia 2.1%, África 0.91%, Oceanía 2.9% y América 4.4%. En éste último continente, el principal productor son los Estados Unidos 8.2%, seguidos de Guatemala 7.14% en segundo y Brasil 5% en tercero. México está en quinto lugar con sólo el 3.65% de su PIB generado por las industrias culturales. Pero en todos éstos países, los números tienen a ir a la alza año con año, o a ser desplazados por otros países (UNESCO 2013).
Estos números y estadísticas nos indican que el peso de las políticas públicas hacia el impulso intensivo y extensivo de las industrias culturales será cada vez mayor en los siguientes años y no sólo a nivel nacional sino que un panorama internacional que va forjando a la industria del entretenimiento como uno de los principales sectores generadores de divisas.

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